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Aibonito y el secreto de su arquitectura

La llamada "Quinta Rosada" fue una de decenas de estructuras privadas que estuvieron abiertas al público durante unas horas en un domingo reciente

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Desde la carretera 14, el rosa chillón luce como un llamado a la atención. Y bien que la llama.

Al fondo de un patio extenso y convenientemente alejado del tráfico que entra y sale de Aibonito, la llamada “Quinta Rosada” –“la casa rosa”, para los aiboniteños– lleva casi un siglo cultivando curiosidades y elucubraciones.

Pero, esta vez, el portón que la separa del pueblo acostumbrado a mirarla de lejos está abierto.

“Tenemos vitrales templados”, dice la guía y los ojos de los visitantes se mueven al unísono, siguiendo el dedo que, aquí no acusa, sino que señala, y que dirige la mirada hasta un punto entre la puerta de entrada y el techo.

Y mientras la muchacha, voluntaria de la Universidad del Turabo (UT), los dirige hasta el centro de la sala y les habla sobre “el uso del contrapunto”, desde la cocina, bajo un aria que interpreta Bocelli, resuenan las copas de champán. Los turistas admiran el privilegio del que pocas veces son testigo; los invitados de los dueños, rosé en mano, se acomodan en la mesa del balcón.

“Yo tengo 50 años, y nunca había entrado a la casa rosa”, diría luego Eduardo, un aiboniteño que se conoce su pueblo de rabo a cabo, en un reconocimiento que hizo eco de los comentarios de decenas de visitantes que, a lo largo del día, al poner sus pies sobre la losa criolla de la casa que se le atribuye al arquitecto Antonín Nechodoma, dijeron que cumplían un viejo sueño. El de mirar, pero no tocar; el de quien, con una asomadita de la nariz, percibe el olor del pan recién horneado, pero no llega a probarlo.

La casa rosa fue una de decenas de estructuras privadas, la mayoría de ellas residencias particulares, que estuvieron abiertas al público durante unas horas en un domingo reciente. La propuesta del equipo de la escuela de diseño de la UT, como parte de la iniciativa internacional Open City, pretende acercar a los puertorriqueños a su legado arquitectónico.

En este recorrido, los curiosos se pasearon de un extremo a otro de la carretera 14, que por momentos se convierte en la calle San José, y que teje, con las casas y casonas que se extienden a ambos lados de la calle, un entramado urbano entre las montañas de este pueblo rural.

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