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Cambio climático y reemergencia de las enfermedades infecciosas

José Seguinot Barbosa, Ph D

José Seguinot Barbosa, Ph D
Escuela de Salud Pública
Recinto Ciencias Médicas, UPR

El cambio climático está incrementando el riesgo de contraer una enfermedad infecciosa a través de incrementar los patógenos y los vectores que interactúan con los seres humanos. Por ejemplo, desde que apareció en 1999 y hasta el 2002, California ha reportado más de 4800 casos del Virus del Nilo Occidental, la mayor cantidad de su historia y de todos los estados de los Estados Unidos. El Aedes aegypti, transmisor de la fiebre amarilla, del dengue, el zika y el chicungunya, ya está presente en 24 de los 50 estados. Los ambientes de alta temperatura producen patógenos como la salmonella y el E. Coli poniendo en riesgo mucho de los alimentos que las personas consumen. Los casos de la Fiebre del Valle (coccidioidomicosis) han subido en los Estados Unidos en cerca de un 15% cada año desde el1998 hasta el 2011. Las desigualdades sociales y económicas, así como las características individuales, han expuesto a ciertas comunidades e individuos a una mayor posibilidad de contraer una enfermedad infecciosa (climaterealityproject.org).

Durante los últimos 30 años hemos visto la reemergencia de viruses tipo RNA o DNA, es decir que tienen cuando menos cuatro proteinas. Entre ellos se encuentra el Lassa virus (Arenaviridae), Lymphocytic choriomeningitis virus (Arenaviridae), Hantavirus (Bunyaviridae), Marburg Virus (Filoviridae), Ebola virus (Filoviridae), Influenza (Orthomyxoviridae), Measles (Paramyxoviridae) y Mumps virus (Paramyxoviridae). Varios factores han contribuido a la reemergencia de estos virus, por ejemplo: un aumento en la densidad de población, un movimiento mayor en la transportación de animales, plantas y bienes comerciales, una mayor emigración de las poblaciones humanas, y una mayor deforestación y alteración de los ecosistemas naturales. El cambio climático se refleja como el más reciente agente de cambio en los sistemas ecológicos y con ello produce una variación en la distribución geográfica de los artrópodos y de las enfermedades que estos acarrean (clinicalmicrobiologyandinfection.com).

La interconexión de un mundo globalizado ha facilitado la difusión del coronavirus. En la medida que seguimos produciendo y consumiendo los recursos del planeta para satisfacer las necesidades de nuestra sociedad de consumo hemos creado una dependencia del sistema de producción global, a la vez que deterioramos más el planeta. Nuestro sistema productivo destruye el planeta Tierra y ha modificado los ecosistemas, cambiando nuestro clima. Por lo tanto, no es sorprendente que en la medida que vamos generando más y más desperdicios globales vayan apareciendo nuevos patógenos y virus. En el caso del COVID-19, se sospecha que el virus fue transmitido a los humanos en un mercado local (wet market) en la ciudad de Wuhan. Aquí, fueron vendidos muchos animales silvestres con diferentes tipos de virus. La venta de este tipo de animales representa para China unos 74 billones de dólares y es vista por la población rural como un mecanismo de hacerse rico rápidamente y así salir de la pobreza (aljazeera.com).

Cuando un virus pasa de un animal a un ser humano causa serias enfermedades al organismo de un individuo de forma muy rápida. Pero no solo es el clima, es también el tiempo, es decir las condiciones atmosféricas existentes al momento del brote lo que va a permitir que el virus se expanda en un territorio. Por ejemplo, sabemos que el virus del flu o del catarro común se transmite más fácilmente en condiciones húmedas que en climas secos porque éstas condiciones le permiten sobrevivir más tiempo. Ello es prueba fehaciente de que el clima facilita la transmisión (wvtf.org).

Según la opinión de Rupert Darwall (2020), hoy la pandemia del coronavirus pone en perspectiva la emergencia climática que hemos estamos viviendo desde que se declaró hace 32 años, en junio de 1988, cuando se planteó que la humanidad estaba conduciendo un experimento global descontrolado y cuyas últimas consecuencias solo serían comparables con una guerra nuclear global (thehill.com).

A modo de reflexión final sería interesante plantearse el beneficio de los virus y patógenos. En el caso del coronavirus unos de los beneficios inmediatos ha sido la necesidad que ha tenido la sociedad global de detener su sistema productivo. Ello ha traído un aire más limpio y la reducción en las emisiones de gases de invernadero que contribuyen al cambio climático. En China, por ejemplo, se ha producido una caída de al menos un 25% en sus emisiones de dióxido de carbono. La disminución del tráfico ilegal de fauna salvaje es también otro beneficio ambiental que ha traído la ocurrencia del contagio provocado por el coronavirus. Las ciudades también se han convertido en lugares momentáneamente más habitables. Estas han visto descender su tráfico peatonal y de autos a mucho menos de una tercera parte, lo cual las hace lugares más atractivos y saludables. La calidad de las aguas ha mejorado notablemente. Por ejemplo, las algas marinas, las aves y delfines han regresado nuevamente a los antiguos canales contaminados de Venecia (Italia). Y todo ello nos conduce a la gran frase que dijo Mahatma Gandhi: La Tierra es suficiente para todos, pero no para la voracidad de los consumidores.