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Frank Wadsworth, férreo defensor de los bosques

Este destacado científico, experto en la conservación de los montes y bosques, se lleva consigo el récord de más tiempo dedicado por un ser humano a la defensa del medio ambiente: 80 de los 106 años que vivió, los dedicó a la dasonomía tropical, y dentro de esa trayectoria, Puerto Rico fue la tierra elegida y adorada por él.

Se ha marchado el insigne sembrador de árboles, en momentos en que la deforestación sigue siendo uno de los mayores problemas ambientales del país. Temprano en la década de 1940, al llegar a Puerto Rico como parte del equipo del Servicio Forestal federal, Frank Wadsworth comprendió que la Isla carecía de las políticas públicas más básicas para regular los desarrollos urbanos que venían en camino.

En primer lugar, con la visión humanista y científica que siempre lo caracterizó, reparó en las amenazas que rondaban a El Yunque, cuya periferia protegió contra viento y marea. La construcción anárquica y la contaminación de las aguas por la falta de sistema sanitario fueron otras de sus principales preocupaciones.

De este modo concibió la necesidad de que el gobierno local desarrollara agencias como la Junta de Calidad Ambiental y el hoy Departamento de Recursos Naturales y Ambientales, así como una Ley de Bosques que posteriormente, con cada maniobra de presión que surgía en nombre del “desarrollo y del progreso”, resultaba poca para contrarrestar los daños que combatía este “puertorriqueño” por decisión propia, nacido en Chicago.

La planificación del uso de los terrenos era otro de sus constantes objetivos. Se enfrentó en este caso Wadsworth, a la desidia y la poca voluntad de funcionarios que ya empezaban a recibir presiones. En aquellos tiempos, en la vorágine de la construcción que marcaron la década de 1970, ni siquiera se exigía que las empresas que deforestaban un lugar sustituyeran los árboles caídos por el mismo número en zonas aledañas.

Hubo años de descontrol en los que este dasónomo asistió, impotente, a la devastación de humedales y bosques costeros, en pro de la construcción de condominios al borde de las playas, sin contar la proliferación de urbanizaciones y otras instalaciones que fueron mermando la superficie boscosa.

Esas frustraciones probablemente llevaron a Wadsworth a volcarse en la educación de las nuevas generaciones, a través de la Sociedad de Historia Natural, los Niños Escuchas de América y el Centro Ambiental Santa Ana. Este último, actualmente adscrito al Recinto Metropolitano de la Universidad Interamericana, sigue activo en las inmediaciones del Parque Nacional Julio Enrique Monagas, en Bayamón, y es el eje de un bosque urbano de gran valor ecológico.

El año pasado, el Centro Ambiental Santa Ana, mejor conocido por sus siglas, CASA, invitó a los visitantes a que documentaran, con sus cámaras y teléfonos celulares, la presencia de las aves en el bosque, a los fines de llevar a cabo un censo, integrando a la población no solo al paseo, sino a la responsabilidad de una encomienda ornitológica.

Iniciativas de este tipo resaltan la vigencia de la figura que nos ha dejado el pasado Día de Reyes. Justo ese día, la prensa daba a conocer que el 2021 había sido el noveno año más caliente en Puerto Rico desde 1898, cuando empezó a llevarse el registro, puntualizando que seis de los años más calientes se han registrado en la pasada década. Como consecuencia, también se recibió menos lluvia, nueve pulgadas menos que el promedio.

Nuestra deuda con Frank Wadsworth es infinita. Y esa deuda no tiene otro modo de ser retribuida sino con la defensa de la naturaleza, más allá de los árboles por los que él vivió. De frente al cambio climático, a la deforestación causada por los huracanes —que Wadsworth, ya centenario, pudo ver y sufrir— y otros peligros ambientales, tenemos que seguir luchando por un Puerto Rico cada vez más verde.

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