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Por amor a la tierra: la historia de Kelly, Susan y Judy

Conoce esta historia en la cual la comunidad es protagonista

Primera de dos historias sobre un área natural protegida Para la Naturaleza- la nueva unidad del Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico- en la cual se integra la sustentabilidad y el manejo comunitario.

 

“Cuando Kelly y Susan llegaron, se enamoraron inmediatamente del lugar. Tan pronto vieron la finca, decidieron que era el sitio que estaban buscando”, así recuerda Judy Nelson que fue el amor a primera vista entre la pareja y el terreno que compraron originalmente en el sector Marín Alto de Patillas.

 A los 52 años de edad, el doctor Kelly Brooks empezó a aprovechar cada viaje que hacía en su propia avioneta para buscar un lugar donde hacer realidad su sueño: dedicarse al cultivo de las plantas tropicales. Vivía con su compañera en Gainesville, pero allí hacía demasiado frío en algunas temporadas como para que se dieran bien sus flores favoritas.

 Además de ser profesor en la Universidad de la Florida por muchos años, Kelly era también colaborador de la National Geographic Society y de la National Science Foundation, trabajando con ambas organizaciones en proyectos a través de los Estados Unidos, América Central y América del Sur. Después de viajar por Colombia, Venezuela, Panamá, México y todo el Caribe, Kelly acababa siembre volviendo a Puerto Rico, y como ya conocía bien nuestras islas, decidió buscar aquí también su lugar ideal.

Pero más que un geólogo reconocido mundialmente, “Kelly era un hombre renacentista, piloto, buzo y naturalista, vivía su vida al máximo y aún cuando le diagnosticaron Parkinson siguió a todo tren, yendo así incluso hasta el Amazonas”, cuenta Susan Brooks. Después de muchos años buscando, encontraron su primera finca en Marín Alto, a donde se mudaron finalmente en el 1982.

No habían pasado ni seis meses, cuando sonó el teléfono de Judy, quien vivía todavía en la Florida, donde había dado clases junto a la pareja. “¿No estás cansada de dar clases?’, me preguntó Susan. Me dijeron que necesitaban ayuda con su negocio y como yo hablaba español mejor que ellos, me invitaron a mudarme a su finca. ‘¿Y por qué no?’, me dije yo”, así recuerda la amiga de toda una vida de la pareja aquella llamada, con la que empezaba la historia de los tres en Patillas.

Desde ese entonces, y aún después de la muerte de Kelly en el 2011, la familia extendida de su negocio, Marín Alto Tropicals, llegó a incluir a toda una comunidad que ayudó en su creación desde el principio, y que encontró su sustento en el corte de plantas tropicales para exportación. A través de esos años, Kelly fue invirtiendo prácticamente todo el dinero que generaban en adquirir las fincas colindantes. El entendía la importancia de proteger los terrenos para asegurar el abasto de agua continuo que siempre han tenido de su manantial.

Antes de que el Parkinson lo limitara físicamente, Kelly llegó a recolectar muchísimas heliconias de los rincones más lejanos de América del Sur. Con más de 200 variantes de heliconias registradas y numerosas especies de jengibres, Marín Alto es considerado uno de los depósitos más importantes de ambos tipos de plantas en el mundo.

“Este fue su sueño y nosotros lo ayudamos a hacerlo realidad. Cuando se enfermó, el siguió hacia adelante, como siempre hacía”, dice Susan, a lo que añade, “queríamos proteger todas las 103 cuerdas de bosque y no queríamos dividir la propiedad. Tampoco queríamos venderla a un extranjero para que viniera a poner cabañas allá arriba y a destruir algo a lo que nos habíamos entregado en cuerpo y alma”.

La visión de Kelly le dio forma al paisaje de la finca cultivada en Marín Alto, y se volvió la fuente principal de trabajo para toda una comunidad. Desde hace veinte años, este grupo de trabajo ha convertido el sueño de Kelly en su diario vivir. Hoy los terrenos son propiedad del Fideicomiso de Conservación, y aunque los maneja Para la Naturaleza, el legado de Kelly, Susan y Judy continúa bajo la administración de la propia comunidad.

Y es que al momento de retirarse, Judy y Susan decidieron dejar el negocio en manos de sus empleados de toda una vida, quienes acordaron constituirse en la Cooperativa de Trabajo Asociado Marín Alto Tropical, y así seguir el trabajo que han hecho por años. El presidente electo de la cooperativa y también amante de la tierra, Tomás Arroyo Serrano, explica que “este es el futuro de nosotros, y si no protegemos lo que tenemos, nuestro ambiente…imagínate, ¿qué sería de nosotros?”.

Con alrededor de cien cuerdas de bosque de alto valor ecológico, y situada en una importante cuenca hidrográfica para el agua potable de la región, esta área natural sirve también de hábitat para el coquí guajón, una especie endémica amenazada. Ambos aspectos hacen de Marín Alto un área única, donde se unen el uso sustentable de los terrenos con su conservación.

“Kelly siempre tuvo este sueño, porque amaba esta tierra y protegía a Marín Alto, el amaba a Puerto Rico y en especial amaba esta área. Mi esposo quería que esto siguiera para siempre”, nos cuenta Susan llena de sentimiento. Es gente que ama su tierra, y es por ese amor que añade, “para nosotros fue un milagro que ustedes tomaran lo que llevábamos en nuestros corazones, que la organización viera aquí lo mismo que nosotros. Sabemos que Kelly también estaría contento por eso, porque proteger estas tierras es lo que todos queríamos”.