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Cinco décadas

Para la Naturaleza

Mensaje de Fernando Lloveras San Miguel
Presidente de Para la Naturaleza
En ocasión del quincuagésimo aniversario
6 de marzo, 2020
Hacienda La Esperanza

Ausencias

Bayo Akomolafe, un filósofo de Nigeria, nos recuerda que estamos hechos de lo que no tenemos, no de lo que tenemos; de lo que está ausente, no de lo que está presente. Estamos hechos de esos bosques que hoy ya no están con nosotros, de esos ríos y costas que hemos desviado y ocupado, de empresas locales que se nos fueron, de mujeres que no reconocimos, de comunidades que desplazamos. Por más que tratamos de olvidar y de esconder esas historias que nos hacen incómodos, esas ausencias deliberadas – están presentes, construyendo lo que somos.

Invitemos hoy a los ausentes a esta conversación y enfrentemos eso que convenientemente queremos olvidar.

Integridad

Creemos que somos entes separados, que tenemos un cuerpo propio y que actuamos independientes. Pero somos solo una parte de un unitario del cual no podemos escapar. Somos parte de nuestro entorno natural, de nuestros amigos y familia, de los compañeros de trabajo, de las estructuras y los objetos que creamos, de los espacios vacíos que nos rodean. Es la metamorfosis de las plantas de Johann Wolfgang Von Goethe en la que una pequeña semilla se transforma en raíz, tallo, rama, hoja, flores y frutos, pero en realidad no son partes separadas sino todo es un continuo, un solo ser.

Hoy quiero compartir unas ideas que no son mías, son de todos los que han sido parte de mi existencia;  especialmente de una persona que existe junto a mi por más de 40 años y con la cual llevo esta conversación continua todos los días. He aquí un breve resumen de esa conversación, impulsada siempre por sus inquietudes, su sensibilidad y su genialidad. Gracias, Michy Marxuach.

Desaprender

Hubo una época en que algunas personas veían a los que estamos aquí, miembros de Para la Naturaleza y del Fideicomiso de Conservación, como unos pocos espíritus libres protegiendo espacios para insectos, bejucos, pájaros, y arreglando algunas ruinas del pasado; mientras el mundo transcurría y otros trabajaban fuertemente en lograr el desarrollo económico de Puerto Rico.

Por cientos de años, la prioridad ha sido el crecimiento económico por encima de todo, obedeciendo los libros de texto escritos de los economistas más premiados —inversión extranjera, paraísos fiscales, grandes proyectos de infraestructura, exportación de gente, salarios mínimos-mínimos, economías de escala, permisos ultra fáciles, y consumismo en masa. De hecho, me extraña que Puerto Rico todavía no ha recibido un premio Nobel en economía.

Diseñamos, medimos y financiamos todo para lograr algo más grande y más cuantioso de lo que teníamos ayer. En fin, hemos sido fieles a la búsqueda de ese preciado premio conocido como “crecimiento económico”. Así hemos definido nuestro bienestar.  Aprendí todo eso durante mis estudios de economía y, como buen alumno, me tomó mucho tiempo cuestionarlo.

Avanzamos mucho según estos criterios. Sin embargo, hace poco más de diez años nuestra economía colapsa, el gobierno no puede pagar sus deudas, tenemos una de las sociedades más desiguales de este hemisferio, recibimos embates de huracanes feroces, seguimos sin éxito buscando gobiernos que nos representen, nos enfrentamos a riesgos de terremotos y tsunamis, y nos acechan virus letales y pandemias.

En 1972, se publicó un libro titulado “Los límites del crecimiento”. Causó mucho revuelo, fue criticado duramente por economistas y luego fue convenientemente olvidado por muchas décadas, tildándolo de alarmista. Como nos dijo Thomas Huxley, “es destino común que las nuevas verdades comiencen como herejías y terminen como supersticiones”.

En las últimas cinco décadas hemos comenzado a sentir estos límites. Yuval Noah Harari, en su libro Sapiens, nos dice que el Homo sapiens es un “asesino ecológico en serie” y que es la especie más mortífera en los anales de la biología.

Esto es lo que hemos aprendido. Es aquí donde nos encontramos hoy.

Continuar con este modelo es continuar generando los resultados que hoy vivimos. Hoy les propongo, como nos dijo Ivan Illich, que “aprendamos a desaprender”.

Pregunta

¿Cómo crecemos? Esta ciertamente no es la pregunta. Después de todo, economía y ecología son términos que tienen su origen en una misma palabra, el vocablo griego Oikos que significa hogar. No fábricas, no ecosistemas, sino hogar; y hogar a su vez se deriva la palabra ‘fuego’ (focus/focaris), pues es ahí donde se reúnen las familias y amistades para cocinar y alimentarse, para crear comunidad.

Jorge Wagensberg nos afirma: “Si la naturaleza es la respuesta — ¿cuál era la pregunta?” Si ya tenemos la respuesta, ¿cómo es que no hemos podido encontrar  la pregunta?

¿Cuál era la pregunta?

Clima

El clima nos está hablando. La temperatura de la superficie global de la Tierra en 2019 fue la segunda más cálida documentada desde que comenzó el sistema de registro y archivo moderno en 1880. Los últimos cinco años han sido los más cálidos de los últimos 140 años.

El Global Climate Risk Index (Germanwatch) califica a Puerto Rico como uno de los tres países más afectados desde el 1999 por el calentamiento global en el planeta, en conjunto con Myanmar y Haití.  De los diez huracanes del Atlántico más intensos en el récord histórico, seis han ocurrido durante los pasados 20 años. En estas últimas dos décadas, 495,000 han muerto en 12,000 eventos climáticos extremos y las pérdidas económicas debido a desastres naturales suman $3.5 trillones. Interesantemente, fueron las olas de calor — no los huracanes, terremotos, o tsunamis — las que causaron mayor daño.

El clima no es tan solo calor o frío, lluvia o sequía, huracanes o tornados. El clima cambia toda nuestra forma de existir, de disfrutar, trabajar, colaborar, progresar. Vivimos ahora con más incertidumbre, más epidemias y plagas, y con más dificultad cultivando alimentos. El impacto de estos eventos no viene y se va; se queda con nosotros y comienza un gran efecto en cadena que aún desconocemos a dónde nos va a llevar.

El lugar en donde nacimos (hace no tantos años) es un lugar que ya no existe.

33×33

Las consecuencias de lo que el sistema económico nos ocultó es un costo que ahora debemos pagar. Reducir emisiones de dióxido de carbono y capturar carbono ya emitido es hoy una responsabilidad planetaria. En Puerto Rico, a pesar de que estamos a la vanguardia de los sufrimientos por la crisis climática, es muy poco lo que estamos haciendo para afrontarla.

Es precisamente en estos momentos, trabajando en todos nuestros proyectos de reconstrucción, que  se nos presenta una oportunidad para lograr grandes cambios. No es muy difícil imaginarnos un futuro — no muy lejano — donde se genera toda nuestra energía de forma limpia y costo-efectiva. Un estudio realizado por profesores del Recinto Universitario de Mayagüez calculó que con instalar paneles solares en el 65% de los techos residenciales se podría producir toda la energía que consume Puerto Rico anualmente (O’Neill, Figueroa, Irizarry, 2013). Con solo derrotar la resistencia al cambio, dejar de subsidiar energía sucia, contabilizar bien todos los beneficios de la energía limpia e incentivar la energía renovable, podemos lograr esta meta en pocas décadas.

En cuanto a capturar carbono hay diversas estrategias, sin embargo, la más efectiva y económica ya está inventada: los árboles. Un trillón de árboles puede reducir hasta un 25% del carbono en la atmósfera equivalente a 200 gigatones de carbón (Science Magazine). Esto representa todo el carbono que el ser humano ha producido en la última década.

Para la Naturaleza ha establecido la meta de proteger el 33% de nuestras islas para el 2033. Para esto necesitamos dibujar un nuevo mapa de Puerto Rico añadiendo 374,000 nuevas cuerdas en terreno protegidos, un 17% de las islas. En los últimos 50 años, los 35,000 acres de terrenos que Para la Naturaleza ha protegido han capturado sobre 50 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono (CO2), el equivalente al consumo anual de nueve millones de hogares, o nueve veces la cantidad de hogares que tenemos hoy. Con cada 100,000 árboles que sembramos, capturamos sobre 2,500 toneladas métricas de CO2 anuales adicionales al estos llegar a su madurez.

Cuando logremos proteger y dejar que se cubra de bosques una tercera parte de nuestras islas, la captura anual sería de más de 50 millones de toneladas métricas de CO2;  justo lo que necesitamos para capturar todo el carbón que emitimos anualmente. Es decir, con el 33% de los ecosistemas protegidos, Puerto Rico sería un país neutral en términos de emisión y captura de carbono.

Cambio humano

Pero en realidad el problema no es el cambio climático. Esto es solo el síntoma. Nosotros mismos causamos nuestro peor desastre. “Los eventos naturales no pueden evitarse, pero sí los desastres humanos”, nos dice una y otra vez el doctor José Molinelli.

Todos sabemos cuantas vidas pudimos salvar, y cuantas más podemos salvar si nuestro sistema eléctrico fuese solar, si captáramos y filtráramos agua en nuestras estructuras, si creciéramos alimento en nuestras fincas y huertos, si nuestras escuelas fuesen lugares y refugios seguros, si la planificación de uso de terreno hubiese existido, y claro, si la ayuda llegara sin caer en entrampamientos políticos.

El verdadero desastre es seguir haciendo lo mismo.

El verdadero problema — no es el cambio climático — sino el cambio humano.

Descolonizar

Ese cambio requiere de una introspección muy compleja que tenemos que hacer como especie. (Y hoy no lo vamos a resolver aquí.) La evolución nos brindó unas ventajas competitivas nunca antes vistas en el planeta, con las cuales controlamos y consumimos de acuerdo a nuestras ambiciones. Colonizamos plantas y animales, bosques y minerales, continentes y océanos; luego colonizamos a otros seres humanos y a nosotros mismos.

Este proceso, de por sí violento, tiene una variable intrínseca que hace que funcione: la dependencia. La dependencia, contrario a la interdependencia, impacta un balance natural que ha sido la base de la colaboración de este planeta-hogar. La fórmula del que quiere controlar y del que quiere ser controlado no ayuda ni a uno ni al otro.

Cuando colonizamos no valoramos, y lo que no valoramos no lo protegemos; ni siquiera lo respetamos.  Nuestra actitud hacia la naturaleza contamina otras formas de existir. Si comenzamos descolonizando la naturaleza, comenzará un proceso de re-aprender y encontrar nuevas formas de existir.

Suena extraño todavía hoy hablar de derechos de seres que no son humanos, pero así pensábamos también de tantos otros seres que oprimimos en el pasado y que ahora no nos explicamos cómo pudimos haberlo hecho. Es tiempo de comenzar a hablar y reconocer los derechos inherentes de otros seres — de los ríos y los bosques, del océano y la atmósfera — y así dar paso a otro capítulo en la evolución humana.

La ética parte de reconocer el derecho a ser diferente, no inferiores ni superiores. Parte de reconocer que un árbol, por no hablar, no es menos inteligente; que un niño autista, por ser menos comunicativo socialmente, no deja de ser igual de importante para la sociedad; que una comunidad, por estar en condiciones de desventaja económica y social, no es un arrabal en espera a ser demolido sino un grupo de seres humanos en busca de ser reconocidos.

No se trata de abandonar nuestro deseo y necesidad de progreso, pero sí se trata de tomar decisiones. Lo que inventamos, lo que compramos, lo que comemos, dónde vivimos, cómo construimos, cómo nos energizamos, cómo nos transportamos son decisiones que pueden cambiar la dirección que llevamos. Cada vez que uno de nosotros toma una decisión ecológicamente responsable, hay un impacto. Cada vez que otra persona se une, ese impacto se multiplica. Saber que esas decisiones están en nuestras manos y que nos toca tomarlas es el primer paso en el proceso hacia una cultura ecológica.

Futuro

“El futuro del futuro es el presente,” nos dice constantemente Francisco Javier Blanco, primer presidente del Fideicomiso de Conservación. Y es que el futuro no existe, es producto de nuestra imaginación, es pura especulación.

Pero aunque el futuro no existe, es una mentira muy inteligente y muy útil. Ese futuro imaginario es crucial para dibujar nuestra cartografía de vida. Así como Magallanes circunvaló el mundo con un mapa imaginario, todos los días navegamos nuestras vidas, hoy con mucha turbulencia, siguiendo nuestra propia imaginación.

Hoy es el futuro de lo que soñamos ayer.

Hoy, tomamos las decisiones y las acciones de un futuro que imaginamos para mañana.

Hoy los invito a que miren ese mapa utópico que tienen en sus mentes, lo coloquen sobre la tierra y lo re-dibujemos juntos.

Cartografía

Este mapa es el mismo ejercicio que hacemos junto a los participantes de nuestros talleres de inmersión todos los años. Yo me imagino un mapa:

En fin, me imagino un mapa lleno de humanos y naturaleza con espacios llenos de luz y sombra, de adelantos y prosperidad, de paz y humildad.

Cierre

En Para la Naturaleza he aprendido a desaprender. Gracias a todos ustedes por enseñarme lo que no debí haber aprendido. Todos ustedes que forman parte de Para la Naturaleza — junto con los voluntarios, consultores, donantes, empresarios y funcionarios públicos que nos han apoyado y nos apoyan constantemente — han sido parte de cinco décadas de retos y logros.

Sin ustedes y el trabajo que han hecho durante estas últimas cinco décadas, no quiero ni pensar dónde estaríamos hoy. ¡Gracias!

Proteger y descolonizar la naturaleza es solo el comienzo de una gran transformación social y económica para nuestras islas.

Lo que hace cinco décadas comenzó como un proyecto para proteger espacios naturales de la destrucción humana, hoy irónicamente se convierte en la misión de proteger a esos mismos seres humanos de las implicaciones de los daños a la naturaleza que sus propias decisiones han causado.

Hemos vivido grandes transformaciones con jóvenes y familias, con historiadores y antropólogos, con ecólogos y ciudadanos científicos, con agricultores y gastrónomos.  Pero nos resta completar el trabajo para lograr que todos compartamos una cultura ecológica.

Estas próximas cinco décadas requieren de una nueva ruta que aún no conocemos,  podemos imaginarla con comunidades completas como los entes de transformación capaces de enseñarnos un camino diferente.

“Los grandes retos de la humanidad han sido eliminar el hambre, las enfermedades y las guerras,” dice Yuval Noah Harari en su segundo libro, Homo Deus.  Estas grandes metas solo se pueden lograr con la naturaleza.

El tiempo se acorta, los mensajes que recibimos son cada vez más contundentes. Los sismos recientes nos recuerdan otra vez la fragilidad de lo que hemos construido.  Nos toca tomar decisiones.

La naturaleza es la respuesta; la pregunta es ¿quiénes somos?

Gracias.

En ocasión del quincuagésimo aniversario del Día del planeta Tierra compartimos el mensaje de Fernando Lloveras, presidente de Para la Naturaleza al celebrar cinco décadas de su organización.