Menú

Gracias a Casa Pueblo estrena el primer restaurante solar del país

Sin casa y sin negocio, Tito Rivera Escobales optó por no cruzarse de brazos y salir al rescate de vecinos, los que conocía y los que no. Por eso, desde la cocina del hogar de sus padres se las ingenió para regalar alimento a ancianos y enfermos “con hambre y más necesidad que yo”.

primer restaurante solar

El 20 de septiembre le tocó cruzar la barrera de lo inesperado. Lo inevitable.

Mientras intentaba proteger a su esposa y a sus dos hijos del estruendo que el huracán María provocaba al devorar sin piedad la Cordillera Central, Tito sintió cómo el negocio en el que tanto invirtió se desplomaba y desintegraba sobre su cabeza.

Él y su familia buscaban refugio bajo él, en el primer nivel del restaurante campestre Vista al Río, único sustento para este núcleo del barrio Juan González de Adjuntas. Pero el saldo fue mayor.

Lo confirmó al amanecer del jueves 21, cuando ya nada era igual. El local comercial que fundaron sus padres -Edilberto Rivera y Haydee Escobales- desapareció la noche antes y al caminar empapado sobre sus ruinas sintió un dolor indescriptible. Desconsuelo que se multiplicó al conocer que tampoco tenía hogar.

“Fue de veras un momento que…”, respondió cándidamente al repasar aquel tormento, pero fue lo único que alcanzó decir antes que el llanto ahogara sus palabras. “Perdí gran parte de mi vida aquí”, resumió sin consuelo.

Como a tantas viviendas del barrio Vegas, a su casa el huracán también le arrancó el techo de madera hasta convertir en pérdidas todas las pertenencias en su interior. “Me quedé bloqueado. Sinceramente, no sabía qué hacer”, continuó.

Pero sin preverlo, el golpe también sacó de sus entrañas fortalezas y talentos inertes que, en casos como el de Tito, provocaron una abismal diferencia en la vida de otros, en la resiliencia de su país.

Sin casa y sin negocio, Tito Rivera Escobales optó por no cruzarse de brazos y salir al rescate de vecinos, los que conocía y los que no. Por eso, desde la cocina del hogar de sus padres se las ingenió para seguir trabajando, pero esta vez para regalar alimento a ancianos y enfermos “con hambre y más necesidad que yo”.

“Yo no sé nada de construcción, ni carpintería, pero sí sé de cocina y tengo carro, por lo que durante casi un mes hicimos lo que pudimos”, admitió con intrínseca humildad.

LEA LA NOTICIA COMPLETA EN PeriodicoLaPerla.com