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Inspirado por las aves

El trabajo del veterano artesano “Tony La Mula” es conocido por todos en su pueblo.

Si se le pregunta a cualquier ceibeño por Ángel Manuel Rosario, probablemente no sabrán de quién se trata. Pero, si se les menciona a “Tony La Mula”, no solo lo conocen, sino que hasta te indican dónde vive este veterano artesano tallador, en las alturas del barrio Saco.

Ese apodo se lo ganó a puro sudor, pues trabajaba como vendedor ambulante de arepas, pastelillos, frutas y piraguas, en un carretón de madera impulsado por su mula, llamada “Avispa”. En ese rústico vehículo también comenzó a vender sus primeras artesanías, tras una noche de desvelo en la que decidió empezar a darle forma a una carreta de bueyes con un pedazo de madera.

“Empecé a dañar madera, sin nadie enseñarme… hasta que hice los bueyes. Yo los hacía bien flaquitos al principio y mientras vendía arepas vendía los carritos de bueyes”, recordó Rosario, de 77 años, y quien desde entonces descubrió esa pasión por el arte que realiza hasta el sol de hoy.

En su “palacio abandonado”, como él llama a su hogar y taller, entre esculturas, mosaicos y el desorden de una mente creativa, este ceibeño no solo dio rienda suelta a su imaginación, sino que también comenzó a enseñar su arte a otros jóvenes y a su familia para tallar todo tipo de animales, pero muy en especial una variedad de aves.

“Mis hijos son mejores artistas que yo”, dice convencido el artesano, quien ha sido galardonado por sus creaciones en madera, al igual que su esposa y uno de sus hijos.

“Ahora estoy haciendo cositas pequeñas de 15, 20 dólares y a veces que me vuelvo loco me pongo a pintar también”, agrega.

Para Rosario, cada cosa tiene el potencial de transformarse en arte. De ahí su lema “Tu basura, mi fortuna”, pues siempre le ha gustado experimentar con diversos materiales. “Yo llevo más de 40 años viviendo de lo que la gente bota”, dice entre risas.

Pero, su mayor guía, asegura, es su fe inquebrantable, que no solo plasma tanto en sus obras como en su diario vivir. Por eso, a cada persona que visita su taller la recibe con un “Dios te bendiga” y la despide obsequiándole una piedra o caracol con un mensaje positivo.

“Mi visión ya cambió de lo simplemente material, que sí se pueden hacer maravillas, materialmente hablando para educar, pero la educación más grande que tú puedes tener es a Dios”, afirma con su exacta, serrucho y madera en mano, listo para seguir compartiendo sus conocimientos con quien esté dispuesto a aprender.

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